Latencias
Asomo la cabeza poco a poco, temerosa.
Miro a un lado, miro al otro... ahora sólo hay silencio, es el momento.
Abro la puerta de par en par, inspiro profundamente, me giro despacio, convencida, segura, firme. Echo un último vistazo al interior, todo parece estar en orden, en el mismo caótico orden en que lo dejé esta mañana.
Trato de memorizar la aparente calma que cubre de polvo esa bomba atómica a punto de estallar. Las llaves están puestas, el botón rojo está apagado. Horror latente.
Y es entonces cuando lo acepto.
Las palabras salen de mis labios sin apenas rozarlos, como si no fuesen mías.
"Ya puedes entrar, estoy desnuda, cansada de luchar y a plena luz. Hoy tienes el poder de destrozarme, te lo he dado yo. Acábame, es una orden."
Hoy quiero rendirme incluso antes de empezar.
Ya empieza a doler, y aún no te has acercado lo suficiente como para oir cómo me llamas cobarde.

1 Comments:
Este texto me ha hecho recordar una historia que escuché hace tiempo y que, más o menos, es así:
Una mañana iban a ajusticiar a un hombre.
Sólo tres personas. Una víctima, un verdugo y un testigo.
El verdugo obligó a la víctima a ponerse de rodillas y ante la mirada del testigo le metió una bala en la cabeza.
El testigo certificó la muerte de aquel hombre.
Y se marcharon.
Durante todo el día, ambos esperaron la noticia de la aparición del cadáver, pero no fue así.
Pasaron los días y comenzaron a ponerse nerviosos.
Un día les llegó la noticia de que un médico de la zona había atendido semanas atrás a un hombre de un disparo en la cabeza.
No estaba muerto.
Y eso les intranquilizó mucho.
Pasaron los días, las semanas, los meses, los años…
Ni uno ni otro habían podido olvidar aquello, aunque lo vivían de forma distinta. Mientras que el verdugo, temeroso de que aquel hombre apareciera en cualquier momento para vengarse, iba provisto siempre, en todo lugar de un traje antibalas; el testigo había vivido con el miedo a la represalia que la víctima podía tomar contra él, y con el remordimiento de haber sido testigo de un asesinato y no haber hecho nada para impedirlo.
Un día, ambos se encontraban en un bar y mientras ahogaban sus frustraciones en alcohol, vieron como un hombre con una enorme cicatriz en la cabeza entraba en el establecimiento. Ambos se miraron y un escalofrío recorrió sus cuerpos cuando identificaron que aquel hombre era el mismo que habían ejecutado años atrás.
El hombre se acercó a la mesa donde estaban sentados los dos y se sentó junto a ellos.
Sin mediar palabra, el hombre de la cicatriz metió una mano en su bolsillo.
El verdugo enseguida se puso en guardia y el testigo se puso a temblar.
El hombre de la cicatriz extendió su mano hacia el verdugo y le dio algo.
- Esto no es mío, es tuyo. Te pertenece.
El verdugo tomó en su mano lo que éste le entregaba: un pequeño proyectil, el mismo que una vez le incrustó en la cabeza.
Hecho esto, el hombre de la cicatriz miró al otro, a quien ahora se le había acelerado considerablemente la respiración:
- Y tú, deja de suspirar y tráeme una cerveza, estoy sediento.
El hombre de la cicatriz bebió su cerveza, se levantó y se marchó, no sin antes desear a los dos hombres que tuvieran un buen día.
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