Tiempo
No sé qué hora es, el calor me trepa por las rodillas, sube implacable, no da tregua, esa lengua de fuego que lame lentamente la piel, reseca, que se astilla y agrieta al contacto rojo.
No hay humo, no hay dolor, no hay calor, sólo quema, seco, árido, atrapando y retorciendo, hiere.
¿Qué hora es?, nadie responde, ninguna caricia de oxígeno. Y mi mente que gira, en un torbellino azul, plateado, oscuro, brillante, se eleva envuelta en imágenes, puedo oirlas, y si cierro más y más los ojos, puedo verlas... incluso sentirlas, ese olor, que me traspasa, ese vapor de ansiedad y placer indescriptible... me dejo llevar.
El tiempo pasa, sigiloso y lento, arrastrándose por mi memoria, dando alas al fuego que poco a poco va consumiendo la carne, liberando mi interior, que se presenta majestuoso, enorme, gigante. Y ya no veo con mis ojos, ya no siento con mis dedos, ya no escucho con mi mente, ya no soy ella.
Ya no puedes hacerme daño, ahora estoy lejos.
Espera, deja pasar más tiempo, ¿oyes?, es la pequeña, sí, está ahí, y nada la hace callar, grita, grita, grita...
Un instante más, y todo cesa.
Ya no hay miedo, ya pasó.
Puedes respirar de nuevo, caer en picado hasta ella, abrir los ojos, cerrar la mente, escuchar el sonido de tu propio corazón, latiendo en un compás frenético.
Ha llegado la hora, es tiempo de girar el reloj de arena, y esperar pacientemente a que ese minúsculo fragmento de sueño vuelva a precipitarse.
Es tiempo de morir.
Es tiempo de vivir.
Es mi tiempo.

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