domingo, agosto 06, 2006

Mírate

Desafíos, para una persona tan competitiva como yo, son todo un motor. Me veo luchando, estrujando hasta el último segundo cada músculo implicado, a veces, es un esfuerzo físico, la mayoría de veces, se trata de un esfuerzo mental.

Me sirven de casita en el árbol, de vía de escape, de escondite secreto, tan secreto que ni yo misma quiera asomarme a mirar.

Sí, me oculto de mí misma, supongo que por miedo a enfrentarme con semejante enemigo, tan duro, tan cruel y ... que tanto daño sabe hacerme.

Esta vez es un desafío físico, que ocultará uno mental, mucho más duro, mucho más injusto.

Ah, la justicia, maldita justicia autoimpuesta, maldito valor implantado desde mucho antes de nacer, dentro, muy profundo, para ir creciendo en silencio y sobre todo, en negativo. ¿Quién tuvo la maravillosa idea de hacerme creer que la justicia era buena?, no es cierto, y por más que la busque, no es ni buena ni mala, simplemente, no existe.

Tomamos decisiones cada día, injustas, dañamos a otros por el puro placer de no dañarnos a nosotros mismos... ¿pero qué ocurre cuando nos dañamos a nosotros mismos por el puro placer de no dañar a otros?, si pudiera cambiar eso...

Y al final, cuando ya he repasado cada segundo de esfuerzo, cada gota de sudor empleada... visualizo el placer de un reto conseguido, sonriendo, feliz... Falso!
Porque sé que la realidad es otra, y que cuando llegue el cumplimiento de ese reto, seguirá estando ahí el otro, ese oculto, ese desafío mental que me mirará en silencio desde lo más profundo del infierno y me removerá el estómago, y traerá el sabor amargo a mi boca, ese que me hace estar viva, ese que necesito sentir.

Sé que todo es simple entrenamiento, voy cogiendo fuerzas, sacándolas de dentro, aparecen poco a poco, iluminando la oscuridad que me invade, para poder guiarme directamente hasta ti.

No sé qué pasará, y si lo sé, no quiero pensar en ello, no quiero contármelo, no quiero oirlo, no quiero admitir que ese final es posible, porque entonces admitiré que estoy perdiendo el tiempo con retos absurdos cuando podría luchar por lo que realmente necesito vivir, o bien, admitiré que no hay nada por lo que vivir, salvo la falsa ilusión de un desafío conseguido.

Déjame quererme un poco, mirarme en la distancia, al trasluz, desnuda, deja que me ame y que vea en mis ojos el brillo que desprenden cuando te pienso.