Aviso
No pasar.
Así debería rezar una nota en el hueco de la escalera, esa hélice que gira desde la nuca hasta el fondo de mis pies.
No entres, peligro, algo se está fundiendo ahí dentro.
Es un sonido metálico, eléctrico, una vibración constante que advierte del caos que bulle en mi interior.
Una piel se revuelve, líquidos que evaporan la incertidumbre del retorno. Sí, hay que volver, es un retorno evitable, un dolor consciente.
Ácidos llameantes, bases corrosivas, energías que fluyen haciendo caso omiso a las leyes que me han conformado.
No abras la caja, sé lo que sientes, no muestres fisuras por las que colarme, porque sabes que lo haré. No me desnudes, aún no estás preparado para aguantar el peso de mis horas.
Cuando caiga la noche, cuando te tornes Damocles y el brillo de la navaja que afila mi pensamiento incida su luz sobre ese hilo inflamable, cuando olvides la espada sobre tu cabeza, cuando me oculten las sombras, estarás acabado.
Ya no podrás esconderte, extenderé mi veneno, me meteré por tus huesos, ya no servirá de nada, no huyas... Ya será tarde.
Ya habré tocado la música que te conmueve.
Ya no me dolerá el regreso.
Ya te habré traicionado cuando despiertes.

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Aviso
Sonó el teléfono.
Otras veces, cuando estaba hasta arriba de encargos, dejaba que sonara el teléfono una y otra vez: “Ya se cansarán”, me decía a mí mismo.
Sin embargo, no había mucho trabajo últimamente, y además, el sonido del timbre del teléfono parecía distinto. Era un zumbido más grave, timbrazos más largos y profundos.
Así que, descolgué.
Sólo se oía ruido, un ruido de obras, golpes, máquinas, voces…
Apunto de colgar, logré escuchar una voz casi imperceptible que con esfuerzo conseguí que penetrara en mí y atravesándome por dentro llegara hasta los dedos de mi mano derecha. Allí, un descascarillado lápiz anotó rápidamente la dirección y la anomalía.
Colgué el auricular. Y me puse en marcha inmediatamente.
Soy técnico, arreglo ascensores y no era la primera vez que uno de éstos se quedaba detenido en el infierno. “Le ponen mucho peso, más del que pueden aguantar, y claro, luego pasa lo que pasa”. Coloqué el lápiz sobre la oreja derecha y salí del taller.
Estos avisos son frecuentes. Lo más complicado no es resolver la avería. He estado muchas veces en el infierno, ese ambiente me es familiar. Lo más complicado es que los vecinos te ponen la cabeza como un bombo. Unos se alegran de verte y otros se quejan de que estos aparatos modernos son una birria.
Sumido en mis pensamientos no me había dado cuenta de que casi había llegado.
No había venido antes a este barrio.
Volví a mirar la dirección y camine un par de calles más, hasta que di con la casa.
El estruendo que provenía de su interior me lo puso fácil.
Cuando llegué al portal, me encontré el mismo cartel de NO PASAR que me encuentro siempre en estos casos.
Le di la vuelta.
La puerta estaba abierta.
Y pasé.
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